¿No quieres volver al trabajo? Más allá del síndrome postvacacional
Se terminan las vacaciones.
Suena el despertador y, después de varias semanas sin prisas, toca madrugar otra vez. Volvemos al trabajo, a los horarios, a las reuniones, a los correos pendientes y a todas esas obligaciones que durante unos días parecían muy lejanas.
Y entonces aparece esa sensación:
“No quiero volver.”
Puede que estemos más cansados, que nos cueste concentrarnos, que tengamos menos ganas de hacer cosas o que incluso aparezca cierta ansiedad al pensar en la vuelta.
Quizá nos digamos:
“Necesito unos días para volver a la normalidad.”
“Es el síndrome postvacacional.”
“En cuanto coja el ritmo se me pasará.”
Y probablemente, en muchas ocasiones, sea así.
Pero… ¿y si la vuelta al trabajo también puede ayudarnos a entender algo sobre cómo estamos?
¿Qué cambia cuando terminan las vacaciones?
Durante las vacaciones nuestra rutina suele cambiar.
Tenemos más tiempo libre, menos obligaciones, mayor capacidad para decidir qué hacemos y cuándo lo hacemos y, en muchas ocasiones, más oportunidades para realizar actividades que nos resultan agradables.
Dormimos más.
Pasamos tiempo con personas que nos importan.
Viajamos.
Salimos.
Hacemos deporte.
Leemos.
Vamos a la playa.
O simplemente no hacemos nada.
Y eso también forma parte de nuestra vida.
Pero llega septiembre y muchas de esas condiciones cambian de golpe.
Tenemos que levantarnos a una hora determinada, acudir al trabajo, cumplir determinados horarios, realizar tareas que quizá no nos gustan especialmente y volver a organizar nuestro tiempo alrededor de obligaciones.
Por eso, no resulta extraño que la vuelta pueda generar cierto malestar.
Nuestro comportamiento está influido por el contexto en el que ocurre y por las consecuencias que obtenemos de lo que hacemos.
Y cuando cambia el contexto, también pueden cambiar nuestras conductas.
Entonces, ¿existe realmente el síndrome postvacacional?
El llamado “síndrome postvacacional” se utiliza habitualmente para describir sensaciones como cansancio, apatía, irritabilidad, falta de concentración o malestar al volver a la rutina.
Sin embargo, es importante no convertir automáticamente estas experiencias en un diagnóstico.
La vuelta de vacaciones supone un cambio de rutina y puede requerir un periodo de adaptación. De hecho, especialistas consultados en estos días señalan que estas molestias pueden formar parte de una respuesta temporal ante ese cambio y no constituyen por sí mismas un trastorno psicológico.
Sentir cierta pereza porque se han acabado las vacaciones no significa que tengamos un problema.
Probablemente todos preferimos tener más tiempo libre que trabajar.
La cuestión interesante aparece cuando observamos qué ocurre con ese malestar y, sobre todo, qué nos está diciendo sobre nuestra vida cotidiana.
¿Echamos de menos las vacaciones o necesitamos escapar de nuestra rutina?
Imaginemos dos personas.
La primera vuelve al trabajo después de tres semanas de vacaciones.
Los primeros días está cansada, le cuesta madrugar y echa de menos tener más tiempo libre.
Pero poco a poco recupera sus horarios, vuelve a disfrutar de algunas actividades y su malestar disminuye.
La segunda también vuelve al trabajo.
Pero durante las vacaciones ha experimentado algo diferente.
Ha dormido mejor.
Ha estado menos irritable.
Ha tenido tiempo para sus amigos y su familia.
Ha realizado actividades que le gustan.
No ha sentido la ansiedad que suele experimentar durante la semana.
Y, cuando se acerca el día de volver a trabajar, empieza a sentirse cada vez peor.
En este caso quizá podamos hacernos una pregunta diferente:
¿Las vacaciones han generado el problema o han hecho más evidente algo que ya estaba ocurriendo?
A veces las vacaciones nos permiten observar nuestra vida con cierta distancia
Cuando estamos inmersos en una rutina es fácil acostumbrarnos a determinadas situaciones.
Nos acostumbramos a estar cansados.
A dormir poco.
A llegar tarde a casa.
A no tener tiempo para nosotros.
A estar preocupados constantemente.
A decirnos que “ya habrá tiempo” para hacer aquello que nos gusta.
Incluso podemos llegar a pensar que sentirnos mal es simplemente parte de nuestra forma de ser.
Pero durante las vacaciones cambian algunas de esas condiciones.
Y podemos descubrir que:
“Estoy mucho menos irritable cuando descanso.”
“Cuando tengo tiempo para mí me siento diferente.”
“Durante estas semanas no he tenido esa sensación de estar continuamente desbordado.”
“Me siento mucho mejor cuando no estoy trabajando.”
Esto no significa automáticamente que tengamos que dejar nuestro trabajo.
Pero sí puede ser información importante.
Desde el análisis de conducta podemos hacernos otras preguntas:
En lugar de preguntarnos únicamente:
“¿Por qué estoy así?”
podemos intentar observar qué está pasando.
¿Qué ocurre antes de que aparezca el malestar?
¿Es el domingo por la tarde?
¿Cuando suena el despertador?
¿Cuando pensamos en una determinada persona del trabajo?
¿Cuando abrimos el correo?
¿Cuando anticipamos una reunión?
¿Cuando pensamos en todo lo que tenemos pendiente?
Y después podemos preguntarnos:
¿Qué hacemos cuando aparece ese malestar?
Quizá evitamos pensar en ello.
Quizá empezamos a preocuparnos.
Quizá buscamos constantemente actividades para distraernos.
Quizá llegamos a casa y nos aislamos.
Quizá utilizamos el móvil durante horas para desconectar.
Quizá empezamos a faltar al trabajo o a posponer determinadas tareas.
Estas conductas no aparecen porque sí.
Nuestra forma de responder a las situaciones está influida por nuestra historia de aprendizaje y por las consecuencias que esas respuestas han tenido anteriormente.
Por eso, para entender lo que nos ocurre, no basta con poner una etiqueta.
Necesitamos entender qué está manteniendo ese comportamiento.
¿Qué ocurre cuando trabajar se convierte en algo que únicamente queremos evitar?
Imaginemos que cada domingo por la tarde empezamos a sentir ansiedad porque sabemos que al día siguiente tenemos que trabajar.
Para aliviar esa sensación podemos intentar no pensar en ello.
Ponernos una serie.
Salir de casa.
Beber alcohol.
Quedarnos despiertos hasta tarde.
O simplemente intentar distraernos con cualquier cosa.
Y quizá durante un rato nos encontremos mejor.
El problema es que esas estrategias pueden hacer que la ansiedad desaparezca momentáneamente sin resolver aquello que la está provocando.
Algo parecido puede ocurrir durante la jornada laboral.
Una tarea nos genera ansiedad → la posponemos → sentimos alivio.
Una conversación nos incomoda → la evitamos → sentimos alivio.
Tenemos demasiado trabajo → nos distraemos con el móvil → durante unos minutos dejamos de pensar en ello.
Estas respuestas pueden ser comprensibles y, en determinadas circunstancias, incluso útiles.
Pero cuando se convierten en nuestra principal forma de afrontar las situaciones, pueden terminar manteniendo el problema.
No todo malestar significa que tengamos que cambiar de trabajo
Es importante hacer esta aclaración.
Sentirnos mal al volver de vacaciones no significa necesariamente que odiemos nuestro trabajo.
Tampoco significa que tengamos que cambiar de empresa, pedir una baja o tomar una decisión drástica.
A veces simplemente necesitamos tiempo para recuperar nuestros horarios y adaptarnos de nuevo a las demandas habituales.
Y otras veces sí puede ser una señal de que determinadas condiciones de nuestra vida están generando un malestar importante.
Por eso es tan importante no dar una respuesta automática.
Antes de pensar “tengo síndrome postvacacional” o “mi trabajo es el problema”, podemos observar qué está ocurriendo.
¿Qué podemos aprender de esta vuelta?
Quizá una de las cosas más interesantes de septiembre sea precisamente utilizarlo como una oportunidad para observar.
¿Qué cosas de las vacaciones nos han hecho sentir bien?
¿Podemos mantener alguna de ellas durante el resto del año?
Quizá hemos descubierto que necesitamos más tiempo con nuestros amigos.
Quizá necesitamos recuperar el ejercicio.
Quizá necesitamos tener momentos en los que no estemos haciendo nada.
Quizá nos hemos dado cuenta de que llevábamos demasiado tiempo sin descansar.
O quizá hemos descubierto algo más importante:
que nuestra forma de organizar la vida durante el resto del año no está funcionando demasiado bien para nosotros.
No se trata de convertir septiembre en una época de grandes decisiones ni de exigirnos empezar una “nueva vida”.
Se trata de observar.
De analizar.
De preguntarnos qué está pasando y qué podemos cambiar.
La vuelta a la rutina no tiene por qué ser volver exactamente a lo de antes
A veces hablamos de “volver a la normalidad” como si nuestra rutina anterior fuera necesariamente la mejor opción.
Pero quizá no tengamos que volver exactamente al mismo punto.
Podemos recuperar algunas cosas que nos funcionan y modificar otras.
Podemos mantener actividades agradables.
Podemos reorganizar nuestro tiempo.
Podemos aprender a poner límites.
Podemos reducir determinadas demandas cuando sea posible.
Podemos trabajar nuevas formas de afrontar situaciones que antes evitábamos.
Y, si existe un malestar importante y mantenido, podemos pedir ayuda para comprender qué está ocurriendo.
Porque no se trata únicamente de conseguir que desaparezca la sensación desagradable.
Se trata de entender por qué aparece y qué podemos hacer de una manera diferente.
Entonces, ¿es normal no querer volver al trabajo?
Sí.
Es normal preferir estar de vacaciones.
Es normal echar de menos tener más tiempo libre.
Es normal que los primeros días cueste recuperar los horarios y el ritmo habitual.
Lo que merece nuestra atención es cuando ese malestar es muy intenso, se mantiene, interfiere de forma importante en nuestra vida o aparece asociado a otros problemas que ya estaban presentes.
En esos casos puede ser interesante no quedarnos únicamente con la etiqueta de “síndrome postvacacional”.
Podemos hacernos una pregunta diferente:
¿Qué me está diciendo este malestar sobre cómo estoy viviendo mi día a día?
Porque quizá el problema no sean únicamente las vacaciones que se han terminado.
Quizá haya algo en nuestra rutina que necesitemos empezar a mirar.
Y para entenderlo, a veces necesitamos dejar de preguntarnos solamente “¿por qué me siento así?” y empezar a preguntarnos:
“¿Qué está pasando antes, qué estoy haciendo después y qué consecuencias está teniendo?”
Desde el análisis de conducta trabajamos precisamente desde esta perspectiva: comprender cómo aprendemos a comportarnos, qué variables están influyendo en lo que hacemos y qué podemos cambiar para construir formas de responder que sean más útiles y adaptativas.
Porque volver de vacaciones es inevitable.
Pero quizá no tengamos que volver exactamente a la misma vida de la que nos fuimos.
Si sientes que la vuelta al trabajo está siendo especialmente difícil, que el malestar no desaparece o que llevas tiempo sintiéndote desbordado, puede ser un buen momento para pedir ayuda.
En Implica Psicología trabajamos desde una perspectiva científica y basada en la evidencia, realizando una evaluación individualizada para comprender qué está ocurriendo y qué factores pueden estar manteniendo el problema.